Biting Cold - Capítulo V


CAPÍTULO CINCO

GNOMO DULCE GNOMO

Apenas podía formar las palabras. “Eres un—eres un—”

“Gnomo, sí. Claramente. Obviamente.” Suspiró con evidente irritación. “Vamos.”

“¿Ir a dónde, exactamente?” Preguntó Ethan.

El gnomo puso los ojos en blanco y dejó caer los hombros dramáticamente. Están aquí para encargarse de la bruja. Nosotros estamos aquí para encargarnos de la bruja. Y la bruja está claramente gestando algo, por lo que tenemos que tomar nuestras pociones y prepararnos para patear su trasero.”

Okey, el gnomo tenía la boca sucia. Lo cual era una extraña yuxtaposición.

“Espera,” dijo Ethan levantando una mano. “¿Paige te hizo ayudarla a proteger el libro?”

Con la boca curvada por la ira, el gnomo se tambaleó hacia delante y pateó a Ethan en la espinilla.

Ethan soltó una maldición, pero se lo merecía.

“Nadie me obligó, chupa sangre. Soy lo que soy. Ayudamos a Paige sólo porque no queremos que el mundo enloquezca completamente, sólo porque una hechicera engreída de Chicago no puede controlase. En verdad no me gustan las hechiceras; no me entienden. Al igual que los vampiros.” Luego murmuró algo sobre los vampiros, arrogancia y sobre nosotros siendo “básicamente, enormes mosquitos.”

“Bien,” dije, “calmémonos todos.” Bajé la vista hacia el gnomo. “Lamento la confusión. No teníamos ni idea de que estabas trabajando con Paige. ¿Cómo es tu nombre?”

Entrecerró un ojo y me miró, calibrando mi confiabilidad. “Mi nombre es Tood.”

No era el tipo de nombre que habría esperado en un gnomo, pero de todos modos estaba bien. “Todd, yo soy Merit, y este es Ethan.”

“Un placer conocerlos. Ahora que somos todos amigos, probablemente deberíamos lidiar con ello.”

“¿Con qué?” preguntó Ethan.

Todd señaló al otro lado del prado. Las nubes esparcidas por encima del campo se habían vuelto azules, y estaban girando con una velocidad que no era natural.

Una vez bromeé con Jonah que encontraríamos la fuente del drama mágico de la ciudad cuando encontráramos el gigante tornado succionador. Debía estar en lo cierto.

“¿Ahora también controla el clima?” Pregunté en voz alta.

“No es un tornado real.” Dijo Todd. “Es magia.”

Magia visible, igual a la que podía hacer Tate, lo cual no me hacía sentir mejor. Ethan se estremeció apretando los puños mientras, suponía, se oponía a Mallory mentalmente.

“¿Estás bien?” Le pregunté.

“Sobreviviré,” dijo, pero a medida que un fuerte viento que olía a humo y azufre comenzó a extenderse por el campo, no estuve totalmente segura de que fuera a estar bien por mucho tiempo. 


Bajé la vista y miré a nuestro nuevo aliado. “¿Cuál es el plan, Todd?”

Todd acomodó su pequeño sombrero cónico. “Detenemos esto. La superamos en número.”

Su confianza era sorprendente… y no del todo creíble. No podía imaginar que los tres fuéramos a ser un gran rival para una mujer que tenía el poder de mover el cielo y la tierra.

“El que seamos tres contra uno no nos da muchas chances,” dije.

Todd rió sin alegría. “No, pero esos no son los números, tampoco. ¿Chicos?”

El suelo del bosque estalló en una alfombra de gnomos. Surgieron de huecos en los árboles y lo que parecían madrigueras en el suelo, y se dispersaron a nuestro alrededor, probablemente unos cien en total, todos en sus uniformes de colores primarios y sombreros blancos, sus barbas largas llegando casi hasta sus cinturones. El suelo parecía una sobreabastecida sección de accesorios de jardín de una tienda.

Todd puso los dedos entre los labios e hizo un silbido que me perforó los tímpanos. Al igual que las tropas firmes ante una bandera, se reunieron todos.

“La bruja casi está aquí,” dijo, “y sabemos qué es lo que está buscando.”

Todos asintieron, y se produjeron susurros de “el libro” a través del mar de gnomos.

“A través del bosque y el arroyo está la puerta del silo,” dijo Todd. “Ella no debe alcanzarla y tampoco llegar al libro. No debe cruzar el arroyo. No podemos permitirlo, o el mal se extenderá otra vez.”

Todd señaló al gnomo que llevaba puesto un particular par de chillones pantalones a cuadros. “Keith, encárgate del flanco izquierdo. Mort, lleva a tu grupo a la derecha. Frank cruzará el arroyo y mantendrá un ojo en la retaguardia, yo llevaré a mis tropas al frente.”

Las órdenes dadas, Todd comenzó a discutir estrategias específicas con su gente. Era una cosa magnífica de observar, me avergonzaba haber dudado de él y haber asumido que era menos que un soldado por su estatura. Distribuyó sus tropas con el aplomo de un general experimentado y la destreza de un táctico experto.

Desafortunadamente, ni siquiera Todd estaba completamente seguro de qué haría Mallory—y yo tampoco lo estaba. Sabía que haría un hechizo, y sabía que lanzaría esferas de magia que dolían como el demonio cuando hacían contacto. (Solía esquivar las esferas de Catcher como entrenamiento). Todos sabíamos lo que quería, y sabíamos que haría lo que fuera por conseguirlo, sin importar cuántas personas tuviera que herir en el camino.

Cuando los gnomos comenzaron a tomar sus posiciones, miré a Todd. “¿Qué quieres que hagamos?”

“¿Qué pueden hacer?” Sonaba como si no fuera a estar sorprendido por mi respuesta.

Golpeé el mango de la espada. “Ambos somos buenos con el acero. Además, la conozco. Puedo servir como distracción.”

“¿Cómo es eso?”

Miré a mi alrededor. “Si la misión es mantenerla en este lado del bosque, tal vez pueda distraerla para que tus tropas la rodeen. Podría ayudarlos a conseguir una mejor posición.”

“Esa no es una idea horrible,” dijo Todd, pero Ethan no estaba de acuerdo.

“No serás la carnada,” rechinó.

No había pensado en ello en esos términos, pero probablemente no estaba tan equivocado. Sabía que lo decía para protegerme, pero mi seguridad estaba en segundo lugar. Nuestra primera—y única—prioridad era mantener a Mallory apartada del Maleficio.

Me enfrenté a Ethan. “Todavía soy Centinela de la Casa Cadogan,” le recordé. “Haré lo que sea necesario para mantenerte a salvo.”

“Merit—”

“Ethan,” interrumpí en voz baja pero severa. “Tengo que hacerlo, y lo sabes. No puedo apartarme y dejar que otras personas luchen esta batalla por mí. Tengo más honor que eso. No me hubieras nombrado Centinela si no fuera así.” Pero, ¿era honorable? Estaba planeando emboscar a mi mejor amiga. Obviamente quería estrangularla y gritarle pero no lastimarla.

“¿Cómo van a detenerla exactamente?” Le pregunté a Todd.

“Somos gnomos,” contestó. “Guerreros habilidosos.”

“¿Pueden no matarla? ¿Por favor?”

Todd me miró parpadeando, esa simple acción era una muestra de cuán estúpido pensaba que era eso. “Somos gnomos, no humanos.” Lanzó una mirada a la espada a mi lado. “Nuestra meta es mantenerla lejos del silo, no vencerla. Si la superamos, no tendrá más opción que someterse a nuestra voluntad. Es una regla del combate civilizado.”

Podría ser una regla del combate civilizado, pero dudaba seriamente que Mallory hubiera tomado clases de eso.

Con nuestros roles decididos, Todd se unió a sus tropas, y comenzaron a tomar posiciones. Su partida nos dejó a Ethan y a mí a solas. Me tomó un momento de valentía el darme vuelta para enfrentarlo. No le había dado precisamente la oportunidad de elegir su papel. Fue casi tan malo como lo esperaba. Sus ojos estaban de un verde vidrioso y la magia salía de su cuerpo en olas furiosas. Sabía que no estaba enojado conmigo, no realmente. Tenía miedo. Miedo de que saliera lastimada, o de que me sacrificara para salvar a Mallory. No podía eliminar esos miedos, y no podía evitar la violencia que era probable que se produjera, pero tal vez le podía recordar que había sido él quien me había preparado para esto.

“Sabes, tú me entrenaste para ser Centinela. Para ser una guerrera. En algún momento tendrás que confiar, creer que estaba prestando atención.” Mi tono era alegre y ese era precisamente el camino equivocado.

Agarró mi brazo—fuerte. Y en sus ojos hubo una repentina tormenta de miedo y rabia. “No te sacrificarás por ella.”

No vi venir la furia repentina. ¿Esto se trataba de Mallory? ¿El desbordamiento de magia?

El brazo me dolía bajo sus dedos. “No tengo intención de hacer eso,” le aseguré, moviendo el brazo para liberarme. Pero no se movió. Sus dedos apretaron.

“Distráela si eso es lo que tienes que hacer, pero deja que ellos acaben con ella. Esta no es tu pelea. Es la de ella, y ya tiene cosas más que suficientes por las que responder como para agregarle tu nombre a la lista.”

“Tendré cuidado,” prometí. “Ahora relájate y suelta mi brazo. Me estás lastimando.”

Sus ojos se agrandaron, se quedó inmóvil, luego retiró su mano y me miró fijamente con horror en sus ojos. “Mi Dios, perdóname. Perdón.”

Me froté el brazo distraídamente.

Me miró y abrió la boca para hablar, pero era demasiado tarde para más palabras.

“El águila ha aterrizado,” gritó uno de los gnomos.

Era como algo salido de El mago de Oz. De las nubes arremolinadas cayó una gigantesca y brillante esfera tan grande como un auto compacto. Giró y se convirtió en un rayo de luz y al igual que una buena bruja, Mallory entró en el Medio Oeste.

Pero en esta historia no había rizos de peluquería, una varita mágica o un vestido brillante. De hecho, apenas la reconocía. Lucía horrible, y por horrible me refiero a una adicta en abstinencia. No sabía que había hecho la Orden o por lo que había pasado desde que se había ido, pero lucía incluso peor que la última vez que la había visto. Más delgada y más triste. Su cabello, una vez azul, había perdido su color y su brillo, y colgaba rubio y sin gracia sobre sus hombros. Había círculos oscuros bajo sus ojos y sus mejillas estaban ahuecadas.

Pero su apariencia no perturbó a los gnomos. Sólo les tomó un momento lanzar su ataque. A medida que las vacas se dispersaban al otro lado del campo, ellos revelaron largos arcos de madera y comenzaron a bañar a Mallory con una lluvia de flechas emplumadas. Me encogí compadeciéndome de ella pero no debería haberme molestado. Podría no lucir de la mejor manera, pero la chica tenía habilidades innegables. Lanzó una lluvia de chispas mágicas que al hacer contacto con las flechas las incineraron. El lugar brilló como el 4 de julio…si se conmemorara la batalla contra una bruja egoísta.

Eché un vistazo a nuestras espaldas. ¿Dónde estaba Paige? En resumidas cuentas, esta era su batalla. A estas alturas debería estar aquí afuera contraatacando con la magia que nosotros no teníamos.

Otra unidad de gnomos avanzó, levantando una red de vides escondida bajo los pies de Mallory. La levantó del suelo, pero se recuperó rápidamente destruyendo la red en minúsculos pedazos. La red se deshizo y la soltó dejándola aterrizar con un golpe sordo.

Lucía furiosa.

El aspecto de Mallory me había sorprendido, pero esa emoción palidecía en comparación con el shock que sentí al ver lo que hizo a continuación. Sin ninguna advertencia y sin ningún indicio aparente de remordimiento, lanzó una esfera de magia que azotó a los gnomos como si fueran muñecas de trapo. Golpearon el suelo, obviamente inconscientes, si no algo peor.

Y no le bastó con una. Lanzó esfera tras esfera hasta que hubo despejado un círculo de veinte pies de diámetros a su alrededor.

Era el momento de ir a por todas. Miré a Ethan quien asintió.

Con espadas en nuestras manos, salimos de los árboles y nos preparamos para la batalla.

“¡Mallory Carmichael!” Grité. “¡Detén esto ahora!”

Puso los ojos en blanco con la arrogancia de una adolescente sádica. “Vete Merit, o tráeme el Maleficio y nos podremos ir juntas como una gran familia feliz. Sé que no quieres que nadie salga lastimado”.

Ella estaba en lo cierto, pero darle el libro no salvaría la vida de nadie realmente. Ya había lanzado a un lado una decena de gnomos como si no fueran más que hojas caídas.  

Por otra parte, si quería que le entregara el Maleficio, tal vez no estaba completamente segura de dónde estaba. Podía trabajar con eso. Me detuve, dándoles el tiempo a los gnomos de reagruparse un poco. “Liberar el mal no te arreglará. Has puesto a los supernaturales y a los humanos en peligro, causaste estragos en Chicago, y estás fuera de la Orden. Detén esto así podremos regresar a nuestras vidas.”

“Sabes que no puedo hacerlo”, dijo y allí fue cuando pude verlo—el arrepentimiento en sus ojos. Ella sabía que lo que estaba haciendo estaba mal, pero lo hacía de todas formas. Lo hacía a pesar del daño que había causado y que seguiría causando.

“Este libro no ayudará en nada,” supliqué. “Sólo empeorará las cosas.”

“¿De verdad? Te ayudó a ti. Tienes a Ethan otra vez.”

Estaba en lo cierto y equivocada al mismo tiempo. “Estoy feliz de que haya regresado, pero no lo hiciste por mi, no lo hiciste por él. Lo usaste para conseguir lo que querías—y me usaste a mí para sacar sus cenizas de la Casa. Si él pensara que el costo de regresar era la destrucción de la ciudad, ni siquiera él hubiera pagado ese precio”.

“No seas dramática”.

“¿No debería ser dramática? No soy la que ha aterrizado en Nebraska para robar algo que no le pertenece”.

“¿Tienes idea de lo que estoy sufriendo? ¿De lo que estoy sintiendo? ¡Duele, Merit! Físicamente. Mentalmente. Emocionalmente. La única cosa que lo aliviará es el equilibrar la magia del mundo.”

Podía ver el dolor grabado en su rostro. Y al enfrentar su dolor, Ethan gritó y cayó de rodillas, agarrándose la cabeza.

Estaban conectados. Atados de algún modo como resultado de su magia y no había nada que pudiera hacer para detenerlo. Mi corazón se salteó un latido al observarlo allí sufriendo y sabiendo que no podía intervenir. Pero podía ser valiente y podía enfrentarla, por lo que avancé.

“Esto termina ahora, Mallory.” Caminé, con la katana lista. “Para conseguir el Maleficio tendrás que pasar sobre mi cadáver.”

Miró a Ethan, y pensé por un segundo que finalmente había conseguido llegar a ella, que de verdad estaba considerando las consecuencias e implicaciones de sus acciones.

Pero evidentemente estaba equivocada. No estaba mirando a Ethan… estaba mirando a Keith, el gnomo con los horribles pantalones escoceses.

Hizo otra bola de magia y luego se la lanzó. Él gritó cuando la magia lo golpeó pero luego se congeló por un momento.

Mientras todos mirábamos horrorizados nos dimos cuenta que Mallory no tenía intención de matarlo, ni siquiera aturdirlo.

Ella quería cambiarlo.

Keith comenzó a estirarse y expandirse. Sus hombros se ensancharon y sus brazos volvieron del tamaño de la rama de un árbol. Su torso se triplicó y sus piernas se alargaron hasta que su cabeza se elevó por encima de nosotros en proporciones espantosas. Pasó de ser un sonriente gnomo de dos pies de altura a ser una bestia de veinte pies de altura. Me miró y sonrió amenazadoramente con sus dientes del tamaño de fichas de dominó, y no era una sonrisa agradable. Mal no sólo lo había hecho más grande; lo había hecho más malo.
“Oh, esto simplemente está mal,” murmuré.

Me tragué el miedo, adopté una postura defensiva y levanté la espada, preparada para la pelea.

Keith se tambaleó hacia mí, con las manos extendidas como si quisiera levantarme del suelo. Los gnomos podrían ser vivaces en su tamaño original, pero estirados como masilla eran bastante torpes. Por supuesto, pesaba mucho más.

Me sentí triste por atacarlo; no era su culpa que Mallory lo hubiera convertido en un monstruo. Así que intenté otras tácticas. Correr a su alrededor y evitarlo no requería mucho esfuerzo. Aunque estaba segura de que la escena era cómica—un vampiro con una espada desenvainada siendo perseguida en el campo por un gnomo de jardín de veinte pies de altura—esperaba poder dejarlo fuera de combate antes de que pudiera hacer cualquier daño real.

Todd era un poco más optimista.

“¡Keith, para!” Todd corrió frente a él, levantando los brazos. “Déjate de tonterías, hombre. La chica está de tu lado. No quieres lastimarla.”

En ese instante perdoné a Todd por la patada en la espinilla. Pero si quedaba algo de Keith que recordara a Todd o cualquier cosa de la vida antes de Mallory, no podía verlo. Sus ojos—enormes y bajo la sombra de su gigante gorra blanca—estaban vacíos. No sólo aturdidos, sino que estaban completamente desprovistos de emoción, recuerdo o inteligencia alguna.

Pobre Keith.

Y maldita Mallory.

Incluso si la traíamos de regreso, no estaba segura de que algún día pudiera olvidar, o perdonar lo que estaba dispuesta a hacer para conseguir lo que quería. Pero ese problema significaba que debíamos sobrevivir para traerla de regreso, así que primero es lo primero…

Keith golpeó a Todd, haciéndolo caer. Contuve la respiración, pero luego de un momento se sentó y le hizo una seña a los gnomos, quienes llevaron a cabo otro ataque, pero esta vez iba dirigido a uno de los suyos.

Mientras ayudaba a Todd a ponerse de pie otra vez, los gnomos salpicaron a Keith con rocas y con las flechas restantes, pero Keith era lo suficientemente grande para pasar por alto los pocos aguijones que lo alcanzaron. Aulló cuando una flecha le dio en la espinilla, tirando de ella hacia fuera y lanzándola al suelo, para luego pisotear tratando de alcanzar al gnomo que había tenido el tiro afortunado.

El campo de batalla quedó en silencio por un momento, y los ojos de Todd se volvieron fríos. Me miró.

“Se ha ido,” dijo Todd. “Tal vez si lo dejamos inconsciente, la magia pueda arreglarlo.”

“No desperdicié el tiempo discutiendo. Corrí hacia el medio del campo, donde Keith estaba lanzando tierra—y cosas que probablemente no fueran sólo suciedad—a los gnomos a su alrededor.

“¡Keith!” Grité, enfrentándolo con la espada extendida.

Me miró, luego tropezó en mi dirección.

“Lo siento,” murmuré y cuando bajó una mano carnosa para tirarme, la corté con la katana. Le di en la parte de atrás de la mano. La sangre salpicó el suelo, y Keith gritó del dolor, un horrible sonido que probablemente despertó a los pocos granjeros que todavía no habían sido despertados por el gigante gnomo de jardín que estaba tambaleándose por el terreno del vecino.  

Me detuve un instante al ver la sangre, temerosa de ser alcanzada por la necesidad de sangre. Pero no había nada remotamente apetecible en su olor. Olía a tierra—no suciedad, sino a humedad y minerales. No un olor completamente malo, pero nada que quisiera beber.

No es que Keith me fuera a dar la oportunidad de hacerlo.

Con sus monstruosos dientes a la vista, intentó atacar en la otra dirección. Golpeé el suelo para evitar su palma, pero no fue lo suficientemente rápido para evitar sus dedos. Me golpearon como los troncos de un árbol, lanzándome a unos tres metros. Aterricé boca abajo, con un rebote que hizo eco a través de mi cuerpo e irradió dolor a través de mis extremidades.

No había tiempo para descansar. La tierra se sacudía a medida que Keith se acercaba. Hice una mueca por la puñalada de dolor de mis costillas—otra costilla rota, supuse—y me levanté lentamente.

Un manojo de gnomos vino en mi defensa, pero se quedaron cortos de armas rápidamente. Keith los apartó como si fueran mosquitos molestos, luego volvió su mirada a mí.

Saltó hacia mí. Ignorando el dolor, agarré la katana con las dos manos y se la clavé en un pie. Aulló de dolor. Cuando se inclinó para tocar la herida, aparté la espada y corrí entre sus piernas.

Antes de que pudiera orientarse, y antes de que pudiera pensármelo mejor, salté sobre su espalda y me apresuré hacia arriba. Mi peso lo distrajo del dolor y él se estiró y torció de un lado a otro, tratando de tirarme.
Era como el paseo más extraño de un parque de diversiones…pero todas las cosas buenas tienen un final.

La costilla rota endureció mi corazón contra la violencia, salté sobre sus hombros, acomodé la espada y golpeé con el mango de la espada un punto detrás de su oreja.

Fuerte.

Keith se congeló, luego comenzó a caer hacia la tierra. Salté lejos, rodando por el suelo mientras él golpeaba la tierra como un árbol caído.

La noche se quedó en silencio por un momento.

Aparté el cabello de mi cara y me puse de pie una vez más, mirando a mi alrededor hasta que encontré a Mallory. Estaba de pie cerca, tenía una repentina expresión de horror, su mirada estaba en el gnomo gigante en el suelo.

Estaba inconsciente.

Limpié el barro de la katana en mis pantalones y caminé hacia ella, deteniéndome a tres metros de distancia.

“¿Quieres crear algún otro siervo, o estas lista para enfrentarme tu sola?”

Cuando no contestó, me acerqué.

“Somos sólo tú y yo.” Dije a unas pulgadas de distancia. “¿Estás lista para eso? ¿Estás lista para matarme para conseguir lo que quieres?” cambié la espada de mano, esperando poder intimidarla lo suficiente para bajar la guardia.

“No te tengo miedo”.

“Eso es gracioso, porque yo sí te tengo miedo. Tengo miedo de en quien te has convertido y en lo que te convertirás si terminas esto del modo en que quieres. Tengo miedo de que nunca regreses.”

“No tengo miedo,” repitió, pero había miedo en sus ojos. Por mucho que quisiera el Maleficio—por mucho que creyera que lo necesitaba—estaba asustada.

Bien. Tal vez la Orden había conseguido meter un poco de sentido común en su cabeza en esas pocas horas antes de que escapara.

Creyendo que estaba progresando, continué presionando. “Mira lo que has hecho. Has herido a personas, Mallory, por un hechizo que crees que hará tu vida mejor. Pero si eso fuera cierto, ¿no lo habrían hecho ya los hechiceros?”
“Ellos no entienden.”

“Entonces hazlos entender. Pero con palabras, no poniendo sus vidas de cabeza.”

No hubo respuesta.

“Por favor,” dije en voz baja. “Ven a casa conmigo. Podrás ver a Catcher y hablar con la Orden. Podemos tratar de regresarte al camino. Sé que será difícil, pero puedes lograrlo. Te conozco. Sé quien eres y qué hay en tu corazón.”

Silencio. Por un momento pensé que la tenía. Creí que podría haberla convencido de renunciar a su búsqueda equivocada de paz mental para que volviera conmigo a Chicago. 

Pero no estaba destinado a suceder. Levantó la vista repentinamente, como un ciervo oliendo a un depredador en el bosque, luego me miró.

“Esto no ha terminado,” dijo para desaparecer en una luz azul que ella misma hizo. 

Traducido por Luu

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