Hard Bitten - Capítulo III

CAPÍTULO TRES:

CIENCIA FRICCIÓN




Creeley Creek era un edificio con un estilo arquitectónico tipo pradera – bajo y horizontal, con numerosos ventanales, grandes aleros, y madera clara al descubierto. Era más grande que una casa estilo pradera promedio, construida a principios del siglo XX por un arquitecto con un renombrado ego. Cuando el dueño original falleció, en su testamento donó la casa a la ciudad de Chicago, la cual terminó siendo la residencia oficial del alcalde. Era para Chicago lo que la Mansión Gracie era para la Ciudad de Nueva York.

Viviendo actualmente allí estaba el político que Chicago siempre había querido. Apuesto. Popular. Un diestro orador con amigos en ambos bandos. Ya sea que te gustaran o no sus inclinaciones políticas, él era muy, muy bueno en su trabajo.

La verja se abrió cuando llegamos, el guardia que estaba dentro de la garita al borde de la calle nos hizo señas para que ingresemos. Ethan condujo el Mercedes alrededor de la entrada y lo estacionó en una pequeña área de aparcamiento al lado de la casa.

“De una Casa de vampiros a una casa de políticos,” masculló mientras caminábamos hacia la puerta principal.

“Dijo el más político de los vampiros,” le recordé, y obtuve un gruñido en respuesta. Pero me mantuve en mi postura. Había sido él quien cambió una relación conmigo por consideraciones políticas.

“Espero con ansias,” dijo mientras atravesábamos el prolijo camino de ingreso de ladrillos, “a tu turno en el timón.”

Asumí se refería al día en que me convertiría en Maestro vampiro. No era algo que esperara con ansias, pero me sacaría de la Casa Cadogan.

“Esperas con ansias ello porque estaríamos en igualdad de condiciones? Políticamente, me refiero?”

Me deslizó una mirada tosca. “Porque disfrutaré de ver cómo te retuerces bajo presión.”

“Encantador,” murmuré.

Una mujer en un ceñido traje azul marino, se encontraba de pie frente a las puertas dobles de la entrada debajo de un bajo alero de piedra. Su cabello estaba recogido en un apretado rodete, y usaba unos anteojos de marco grueso. Eran un buen contraste a los patentes tacones en plataforma.

Se estaba inclinando por el lado de bibliotecaria sexy, tal vez?

“Sr. Sullivan. Meredith. Soy Tabitha Bentley, la asistente del alcalde. El alcalde está listo para verlos, pero tengo entendido que hay algunos preliminares que necesitan ser resueltos?” alzó su mirada hacia el umbral por encima nuestro.

El viejo cuento de que los vampiros no podían ingresar a una casa si no habían sido invitados a entrar. Pero como muchos de otros mitos relacionados a los colmilludos, eso tenía poco que ver con la magia y más con el hecho de las reglas. Los vampiros amaban las reglas – qué beber, dónde pararse, cómo dirigirse a vampiros de mayor rango, y así sucesivamente.

“Apreciaríamos la invitación oficial del Alcalde a su hogar,” dijo Ethan, sin detallar las razones del pedido.

Asintió con la cabeza remilgadamente. “He sido autorizada a extender la invitación hacia ud. y Meridit a Creeley Creek.”

Ethan sonrió cortésmente. “Le agradecemos su hospitalidad y aceptamos su invitación.”

Con el acuerdo alcanzado, la srita. Bentley abrió las puertas y esperó mientras caminábamos hacia el pasillo.

No era mi primera vez en la mansión. Mi padre (siendo adinerado) y Tate (estando bien conectado) se conocían, y mi padre ocasionalmente me había arrastrado hasta Creeley Creek para alguna que otra beneficencia. Eché un vistazo alrededor y concluí que no había cambiado mucho desde la última vez que la había visitado. Los pisos eran de piedra resplandeciente, las paredes con planchas horizontales de madera oscura. La casa era fría y sombría, el corredor iluminado con luces cálidas provenientes de los apliques en la pared.

El aroma a galletas de vainilla se filtraba en el aire. Ese aroma – a limones relucientes y azúcar – me recordaba a Tate. Era la misma esencia que había captado la última vez que lo había visto. Tal vez tenía un aperitivo favorito, y el staff de Creeley Creek lo consentía.

Pero el hombre en el pasillo no era el que esperaba ver. Mi padre, elegante en un traje negro, caminó hacia nosotros. No nos ofreció un apretón de manos; la arrogancia era típica de Joshua Merit.

“Ethan, Merit.”

“Joshua,” dijo Ethan con una leve inclinación de cabeza. “Encontrándose con el alcalde esta noche?”

“Lo estaba,” dijo mi padre. “Ambos se encuentran bien?”

Tristemente, estaba sorprendida de que le importara. “Estamos bien,” le dije. “Qué te trae aquí?”

“Asuntos del Concejo de Negocios,” dijo mi padre. Él era miembro del Concejo de Desarrollo de Chicago, un grupo encarado a traer nuevos negocios a la ciudad.

“También hablé bien de su Casa,” añadió, “acerca de los avances que han realizado con la población de supernaturales de la ciudad. Tu abuelo me mantiene al tanto.”

“Eso fue…muy generoso de su parte,” dijo Ethan, su confusión haciendo juego con la mía.

Mi padre sonrió placenteramente, luego miró hacia Tabitha. “Veo que van de entrada. No dejen que los retenga. Un gusto de verlos a ambos.”

Tabitha se puso delante de nosotros con sus tacones chasqueando sobre el piso mientras marchaba más profundamente dentro de la mansión. “Síganme,” dijo.

Ethan y yo intercambiamos miradas.

“Qué es lo que acaba de ocurrir?” pregunté.

“Por alguna desconocida razón, tu padre se ha vuelto repentinamente amistoso?”

Había indudablemente una razón para eso, vinculada a los negocios, lo cual asumí nos enteraríamos pronto. Entre tanto, hicimos lo que nos dijeron, y seguimos a Tabitha por el pasillo.


Seth Tate tenía la apariencia de un playboy que jamás terminó de reformarse del todo. Cabello algo despeinado, negro como el carbón, y ojos azules bajo unas largas y oscuras cejas. Tenía el rostro por el que toda mujer se desmayaría y, como alcalde dos veces electo, tenía la tajada de plata que respaldaba su apariencia. Eso explicaba por qué él había sido nombrado uno de los solteros más codiciados, y uno de los políticos más sexys del país.

Nos recibió en su despacho, una sala larga y baja, con paneles de madera de piso a techo. Un gigantesco escritorio se emplazaba en uno de los extremos de la habitación, frente a una mullida silla de cuero rojo que podría haber duplicado a un trono.

Ambos, el escritorio y el trono, se hallaban bajo una amenazadora pintura de cinco pies de ancho. La mayor parte del lienzo era oscuro, pero el delineado de un grupo de hombres de sospechosa apariencia se hacía evidente. Estaban parados rodeando a un hombre, próximos al centro de la pintura, sus brazos sobre su cabeza, encogiéndose mientras lo señalaban. Parecía como si lo estuviesen condenando por algo. No era una pintura precisamente inspiradora.

Tate, quien se encontraba de pie en el medio de la habitación, extendió una mano hacia Ethan, sin vacilación en el movimiento. “Ethan.”

“Sr. Alcalde.” Compartieron un varonil apretón de manos.

“Cómo están las cosas por la Casa?”

“Diría que los ánimos son…expectantes. Con los manifestantes en la entrada, uno tiende a esperar a que caiga la siguiente gota.”

Luego de que compartieran una mirada de complicidad, Tate se giró hacia mí, con una floreciente sonrisa. “Merit,” dijo, con voz suave. Tomó mis dos manos y se inclinó hacia mí, dando un delicado beso en mi mejilla, el aroma a limones azucarados flotando alrededor suyo. “Acabo de encontrarme con tu padre.”

“Lo vimos de salida.”

Me soltó y sonrió, pero mientras me recorría con su mirada, la sonrisa se desvaneció. “Te encuentras bien?”

Debía de lucir aturdida; ser retenida a punta de pistola podía hacerle eso a una chica. Pero antes de que pudiera hablar, Ethan envió una advertencia.

No menciones a McKetrick, dijo. No hasta que sepamos más acerca de sus alianzas.

“Había una protesta afuera de la Casa,” le conté obedientemente a Tate. “Fue inquietante. Mucho prejuicio desperdigado por ahí.”

Tate me ofreció una mirada simpatética.

“Desafortunadamente, no le podemos negar a los manifestantes su derecho a causa de la Primera Enmienda, pero siempre podemos interceder si el asunto escala en intensidad.”

“Tenemos las cosas bien controladas,” le aseguré.

“El anuncio de Gabriel Keene de la existencia de los cambiaformas no ha hecho demasiado por su popularidad.”

“No, no lo ha hecho,” admitió Ethan. “Pero él vino a pelear a la Casa cuando teníamos la espalda contra la pared. Hacerse público – dar a conocer su versión de la historia – fue lo mejor de un conjunto de malas opciones para proteger a su gente.”

“No estoy necesariamente en desacuerdo,” dijo Tate. “No hacía el anuncio, y hubiéramos tenido que terminar arrestando a todo cambiaforma por agresión y perturbar la paz. No podíamos simplemente dejarlos ir sin alguna clase de justificación. El anuncio nos dio esa razón, ayudó al público a entender por qué se unieron a la pelea y por qué no fueron arrestados a la vista.”

“Estoy seguro que ellos aprecian su entendimiento.”

Tate ofreció una mirada irónica. “Dudo que esa clase de cosas les interese. Los cambiaformas no me pegan como del tipo más político que digamos.”

“No lo son,” acordó Ethan. “Pero Gabriel es lo suficientemente astuto como para comprender cuando se le ha hecho un favor, y cuándo un favor requiere ser retribuido. No estaba feliz de hacer el anuncio y tenía aún menos interés en que su gente fuera impulsada hacia el miedo del público hacia los vampiros. Está trabajando en ello ahora, manteniendo a su gente fuera de la notoriedad del público.”

“Esa es en realidad la razón por la que te he pedido que te reunieras conmigo,” dijo Tate. “Entiendo que es un pedido inusual, y aprecio que vinieran con tan poco aviso.”

Se sentó en su trono detrás de su escritorio, los espectadores en el retrato ahora apuntándole hacia él. Tate hizo señas hacia dos sillas más pequeñas que se hallaban frente a su escritorio. “Por favor, tomen asiento.”

Ethan tomó una silla. Tomé mi puesto detrás de él, Centinela siempre lista.

Los ojos del Alcalde Tate se ampliaron ante el gesto, pero su expresión regresó a la de estrictamente negocios lo suficientemente rápido. Abrió una carpeta y destapó una pluma fuente de aspecto costoso.

Ethan cruzó una pierna sobre la otra. La señal: se estaba cambiando hacia la posición de charla política. “Qué podemos hacer por usted?” preguntó con su voz en un tono demasiado casual.

“Tú dijiste que los ánimos en la Casa eran de anticipación. Ésa es la preocupación que tengo acerca de la ciudad de manera más amplia. El ataque sobre Cadogan ha reactivado el temor de la ciudad hacia lo sobrenatural, hacia el otro. Tuvimos cuatro días de revueltas la primera vez, Ethan. Estoy seguro que comprenderás la difícil situación en la que eso me pone – manteniendo la calma de la ciudadanía mientras trato de ser comprensivo hacia tus desafíos, incluyendo el ataque a Adam Keene.”

“Por supuesto,” dijo amablemente Ethan.

“Pero los humanos están nerviosos. De manera creciente. Y ese nerviosismo está llevando a un aumento en la delincuencia. En las últimas dos semanas, hemos visto marcados ascensos en agresiones físicas, asaltos, incendios intencionales, y en el uso de armas de fuego. Trabajé duro para lograr que esos números bajaran desde mi primera elección, y considero que la ciudad está mejor a causa de ello. Odiaría vernos retrocediendo.”

“Creo que todos estamos de acuerdo en eso,” dijo Ethan en voz alta, pero ése fue sólo el precursor de una conversación silenciosa entre nosotros al tiempo que Ethan activaba nuestro vínculo telepático. Hacía dónde quiere llegar?

Tus conjeturas son tan buenas como las mías, respondí.

Tate frunció el ceño y bajó la vista hacia la carpeta sobre su escritorio. Echó un vistazo a lo que fuere de información que se encontrara allí, luego levantó un documento de ella y lo extendió hacia Ethan. “Los humanos, al parecer, no son los únicos incrementando la violencia en nuestra ciudad.”

Ethan miró al documento, se quedó mirándolo fijamente en silencio hasta que sus hombros se tensaron en una línea recta.

Ethan? Qué sucede? Pregunté. Sin molestarse en responder, Ethan me paso el papel por sobre su hombro. Lo tomé. Parecía como parte de una transcripción policial.

P: Dígame qué es lo que ud vio, sr. Jackson.

R: Había una docena de ellos. Vampiros, sabe? Con colmillos y la capacidad de meterse dentro de tu cabeza. Y estaban locos por la sangre. Todos ellos. A donde quiera que miraras – vampiro, vampiro, vampiro. Bum! Vampiro. Y estaban todos sobre nosotros. Sin escapatoria alguna.

P: Quiénes no podían escapar?

R: Los humanos. No cuando los vampiros te deseaban. No cuando ellos querían doblegarte y sacar toda la sangre de ti. Todos ellos estaban sobre uno, y la música estaba tan fuerte y vibraba como un martillo contra tu corazón. Estaban locos con ella. Locos con ella.

P: Con qué?

R: Con la sangre. Con su lujuria por ella. El apetito. Podías verlo en sus ojos locos. Eran plateados, como los ojos del diablo. Sólo miras una sola vez a esos ojos antes de que el demonio mismo te atraiga hasta su abismo.

P: Y luego qué sucedió, sr. Jackson?

R: [sacudiendo su cabeza] El hambre, la lujuria, los contenía, los arrastraba. Mataron a tres chicas. Tres. Ellos bebieron hasta que no les quedaba vida.

La página se detiene allí. Con mis dedos temblorosos alrededor del papel, me salté la línea de mando y miré a Tate. “De dónde sacaste esto?”

Tate me miró. “En la Cárcel del Condado de Cook. Ésta era de una entrevista con un hombre que había sido arrestado por posesión de sustancias controladas. El detective no estaba seguro si estaba borracho o perturbado…o si en verdad había visto algo que requiriera de nuestra atención. Afortunadamente, ella llevó su transcripción a su supervisor, quien lo llevó a mi jefe de personal. Aún nos resta hallar las víctimas de las cuales el sr. Jackson habló – no hay personas desaparecidas que coincidan con sus descripciones – aunque estamos investigando activamente la acusación.”

“Dónde ocurrió esto?” preguntó Ethan en voz baja.

La mirada de Tate cayó sobre Ethan y se estrechó. “En West Town (la Zona Oeste), y no ha sido más específico que darnos el barrio. Dado que no hemos identificado una escena de crimen o víctimas, es posible que él exagerara la violencia. Por el otro lado, como uds podrán apreciar por la transcripción, está bastante convencido de que los vampiros de nuestra bella la ciudad estuvieron involucrados en un ataque desenfrenado por la sed de sangre hacia los humanos. Un ataque que ha dejado tres inocentes muertos.”

Luego de un momento de silencio, Tate se recostó sobre el respaldo, cruzó sus manos por detrás de su cabeza, y se hamacó en la silla. “No estoy contento de que esto esté sucediendo en mi ciudad. No estoy contento con el ataque sobre su Casa y cual sea la animosidad que haya entre ustedes y las Manadas, y no estoy contento de que mis ciudadanos estén tan asustados de los vampiros como para que se estén alineando fuera de su casa para protestar acerca de su existencia.”

Tate se sentó erguido nuevamente, con expresión furiosa. “Pero saben lo que realmente me molesta? El hecho de que ustedes no parezcan sorprendidos acerca del reporte del sr. Jackson. El hecho de que me haya enterado que ustedes estaban bien al tanto de la existencia de fiestas salvajes en las que se bebía, las que llamaron ‘raves’.”

Mi estómago se me hizo un nudo de los nervios. Tate era normalmente equilibrado, político, cuidadoso con las palabras, e invariablemente optimista acerca de la ciudad. Su voz era de las del tipo que esperas oír en un cuartucho repleto de humo o en el reservado de un oscuro restaurante. La clase de tono que le has escuchado en el Chicago de Al Capone.

Este era el Seth Tate que destruía a sus enemigos. Y nosotros éramos ahora su blanco.

“Hemos escuchado rumores,” dijo finalmente Ethan, un maestro del eufemismo.

“Rumores de orgías de sangre?”

“De raves,” admitió Ethan. “Pequeñas congregaciones en donde los vampiros beben mancomunadamente de los humanos.”

Las raves estaban usualmente organizadas por los vampiros Rebeldes - aquellos que no estaban sujetos a una Casa y tendían a no seguir las tradicionales reglas de las Casas. Para la mayoría de las Casas, esas reglas significaban no tomar a humanos como aperitivos, con o sin consentimiento. Cadogan permitía el beber, pero aún así requería del consentimiento, y no sabía de ninguna Casa que fuera a aprobar el asesinato.

Habíamos estado cerca de que las raves aparecieran frente al ojo público hacía un par de meses atrás, pero con un poco de investigación de nuestra parte, nos las ingeniamos para mantenerlas en el clóset. Supongo que esa dichosa ignorancia ya pasó.

“Hemos estado con las orejas pegadas al piso,” continuó Ethan, “para identificar a los organizadores de las raves, sus métodos, la manera en la que atraen a los humanos.”

Ése era el trabajo de Malik – el segundo al mando de Ethan, el segundo en línea por la corona. Luego de un incidente de chantaje, había sido puesto a cargo de investigar a las raves.

“Y qué han hallado?” preguntó Tate.

Ethan se aclaró la garganta. Ah, el sonido del atascamiento.

“Estamos al tanto de tres raves en los últimos dos meses,” dijo. “Tres raves involucrando, a lo sumo, a media docena de vampiros. Éstos fueron pequeños, eventos íntimos. Mientras que se produce derramamiento de sangre, no hemos escuchado de, digámosle, la violencia frenética de la cual el sr. Jackson habla, ni aprobaríamos tales cosas. Ciertamente nunca ha habido argumentos de que algún participante fuera…..drenado. Y si hubiésemos escuchado acerca de ello, hubiéramos contactado a la oficina del Defensor del Pueblo, o puesto un paro a ello nosotros mismos.”

El Alcalde entrelazó sus dedos sobre el escritorio. “Ethan, creo que parte de mantener a esta ciudad segura es integrando a los vampiros a la población humana. La división no resolverá nada – sólo llevará a más divisiones. Por otro lado, según el sr. Jackson, los vampiros se están involucrando en eventos violentos a gran escala, y muy difícilmente con actos consensuales. Eso es inaceptable para mí.”

“Como lo es para mí y los míos,” dijo Ethan.

“He escuchado hablar acerca de un llamado a destitución,” dijo Tate. “No voy a caer en llamas a causa de la histeria sobrenatural. Esta ciudad no necesita de un referéndum en cuanto a vampiros o cambiaformas.”

“Pero más importante aún,” continuó, la mirada penetrando a Ethan, “no querrás a un grupo de concejales aparecer frente a tu puerta, demandando que clausures tu Casa. No querrás que el Concejo de la Ciudad legisle que salgas de la existencia.”

Sentí la explosión de magia proveniente de Ethan. Su angustia – y la ira – se estaban elevando, y yo estaba contenta de que Tate fuera humano y no pudiera sentir el incómodo cosquilleo de la misma.

“Y tú no me querrás a mí de enemigo,” concluyó Tate. “No querrás que yo pida a un Jurado que considere tus crímenes y los de los tuyos.” Revisó entre los papeles de la carpeta sobre su escritorio, luego sacó una sola página y la extendió. “No querrás que yo ejecute esta orden de arresto sobre la base de que asististe e instigaste al asesino de humanos en esta ciudad.”

La voz de Ethan era fría como el diamante, pero el cosquilleo mágico era de magnitudes sísmicas. “No he hecho semejante cosa.”

“Oh?” Tate puso el papel sobre su escritorio nuevamente. “Tengo entendido de buena fuente que tú transformaste a un humano en vampiro sin su consentimiento.” Él alzó su vista hacia mí, y sentí la sangre correr hacia mis mejillas. “También sé de buena fuente que mientras tú y tu concejo de vampiros prometieron mantener a Celina Desaulniers confinada en Europa, ella ha estado en Chicago. Son esas acciones tan distantes de asesinato?”

“Quién sugirió que Celina estuvo en Chicago?” preguntó Ethan. La pregunta fue cautelosamente realizada. Sabíamos muy bien que Celina – la ex líder de la Casa Navarro y mi alguna vez potencial asesina – había sido liberada por el Presidio Greenwich, el órgano responsable de los vampiros europeos y norteamericanos. También sabíamos que una vez que el PG la dejó ir, se abrió camino a Chicago. Pero no habíamos creído que ella aún estuviera aquí. Los últimos meses habían sido demasiado libres de drama como para eso. O así habían parecido.

Tate arqueó sus cejas. “Noto que no lo has negado. En cuanto a la información, tengo mis fuentes, como supongo tú también las tienes.”

“Con o sin fuentes, no tomo de manera agradable el chantaje.”

Con una velocidad asombrosa, Tate cambió nuevamente de Capone a orador de primera plana, sonriéndonos grandiosamente. “ ‘Chantaje’ es una palabra tan dura, Ethan.”

“Entonces qué es, exactamente, lo que quieres?”

“Quiero que tú, que nosotros, hagamos lo correcto por la Ciudad de Chicago. Quiero que tú y los tuyos tengan la oportunidad de tomar el control dentro de tu propia comunidad.” Tate entrelazó sus manos sobre el escritorio y nos miró. “Quiero este problema resuelto. Quiero el final de estas reuniones, de estas raves, y una garantía personalizada de que tú tienes este problema bajo control. Si no se hace, la orden para tu arresto será ejecutada. Asumo que nos entendemos?”

Hubo silencio hasta que Ethan finalmente soltó, “Sí, Sr. Alcalde.”

Como un político con práctica, Tate inmediatamente suavizó su expresión. “Excelente. Si necesitas reportar cualquier cosa, o si necesitas acceso a cualquiera de los recursos de la ciudad, sólo tienes que contactarme.”

“Por supuesto.”

Con un saludo final, Tate retornó a sus papeles, justo como Ethan habría hecho si yo hubiera sido llamada a su oficina para una charla amistosa.

Pero esta vez, fue Ethan quien había sido llamado, y fue Ethan quien se paró y salió por la puerta. Lo seguí, como siempre, la obediente Centinela.





Ethan mantuvo el miedo o preocupación o los improperios o cualquier emoción que lo estuviera conduciendo, para sí mismo aún mientras llegábamos al Mercedes.

Y me refería a ‘conduciendo’ literalmente. Expresó su cúmulo de frustraciones con ochenta mil dólares de ingeniería alemana y un motor de trescientos caballos de potencia. Se las arregló para no rebanar la puerta mientras se alejaba de la entrada, pero trató las señales de stop entre Creeley Creek y Lake Shore Drive como meras sugerencias. Ethan pisó a fondo el Mercedes, zumbando dentro y fuera del tránsito como si el demonio de ojos plateados estuviera tras nosotros.

El problema era, que nosotros éramos los demonios de ojos plateados.

Ambos éramos inmortales, y Ethan probablemente llevara un siglo de experiencia conduciendo, pero eso no hacía de los giros menos desgarradores. Aceleró frente a una luz y hacia Lake Shore Drive, giró al sur, y salimos disparados…y siguió conduciendo hasta que el horizonte de la ciudad brillara a nuestras espaldas.

Estaba casi temerosa de preguntar hacia dónde nos estaba llevando – realmente quería yo saber dónde los predadores vampiros dejaban suelta su furia política? – pero me ahorró el problema cuando llegamos al Parque Washington. Se alejó de Lake Shore Drive, y un par de chirriantes giros más tarde estábamos rodeando Promontory Point, una pequeña península que sobresalía hacia el lago. Ethan condujo alrededor del edificio en torre y detuvo el auto en frente al rocoso borde que separaba el césped del lago.

Sin decir una palabra, se bajó del auto y cerró la puerta de un portazo. Cuando saltó la cornisa rocosa y desapareció de la vista, desabroché mi cinturón de seguridad. Era tiempo de ponerme a trabajar.

Traducido por Chloe♥

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